sábado, febrero 11, 2006

La música de las palabras

La palabra gobierna el cerebro, el cerebro gobierna las manos y las manos gobiernan los reinos. El habla plena es el paso al reino pleno.

Así pensaba Jlébnikov.

Mirad, el sol obedece mi sintaxis

Velimir Jlébnikov luchó toda su vida contra el designio de los dioses.

Mirad, el sol obedece mi sintaxis

verso de sus Decretos al planeta, donde expresa con claridad su deseo de salirse del dominio de esos dioses. Sería interesante fabular sobre la posibilidad misma de que un hecho del mundo, el verso citado, en cuanto parte del mundo, influya sobre otro hecho del mundo y lo gobierne. Pero, para ello, tendríamos que seguir la senda del Tractatus de Wittgenstein e ir a la ninguna parte a donde llegó. Desde luego, se tornaría en una novela interesante, emparentada con Corrección, de Bernhart. O por decirlo como lo hubiese planteado Jlébnikov (o, al menos, como me hubiera gustado a mí que lo plantease): ¿si el destino está escrito, al escribir lo que escribo, escribo lo que me dicta el destino o, al saber que ya estaba escrito, le dicto al destino lo que debió haber escrito y, por ese mismo acto, lo modifico, al disolverlo? Como dice otro de sus versos:

las palabras son los ojos del secreto...

viernes, febrero 10, 2006

¿Por qué editar poesía?

Nos reúne una pregunta que es, en sí, un síntoma de muchas catástrofes sucesivas. ¿Por qué editar poesía? Analicemos un poco el asunto y antes preguntémones ¿quién hace la pregunta? No es el poeta, pues para él es cierta, necesaria, la posibilidad misma de verse en letra impresa. ¿El editor? Muchas veces, quizá, cuando la ha editado, no cuando le interesa esa suerte de espectáculo encerrado en sí mismo que es el best seller. ¿El librero? De cierto no, pues sólo se preguntaría por su exhibición, por el servicio que ha de dar, en los ejemplos honorable, al lector. ¿Es, pues, este último personaje, el lector, quien se hace la pregunta? No lo creo. Porque quien la lee no necesita siquiera planteársela, y quien no la lee difícilmente repara en ella. Entonces, ¿quién pregunta? Necesariamente un administrador. Alguien que administra los haberes y deberes de una editorial, y en la duda misma aparece la primera catástrofe: el cedazo de las ventas. Ese es el primer motivo de la interrogante. Pero también quien administra la cultura, ¿vale la pena editarla, promoverla, programarla cuando a nadie le interesa? Nuestra segunda catástrofe asoma la cabeza: el espectáculo, los ideales masivos de la cultura. Y por último quien administra los contenidos mediáticos. ¿Para qué editarla si no tiene público? Y esas catástrofes nos obligan a explicar y explicarnos ciertas obviedades. Las ventas, que otros no menos ingenuos llaman el mercado, unifican el sentido, no lo cambian, ni pueden llegar a aportar uno nuevo. Por ello, los editores que publican para el mercado terminan por saturarlo y por saturarse a ellos mismos. Porque vuelven al contenido un espectáculo añorado por muchos. Ya lo hemos logrado como sociedad en las artes plásticas, donde hay largas filas para ver, no importa a quién, y donde el precio de una obra de arte alcanza la cabeza de las secciones culturales e, incluso, es motivo de falsos asombros en ciertos noticieros. Es decir, hay un público para tamañas magnitudes. Claro, llegamos a nuestra última catástrofe, la fama; la poesía tiene fama, pero sólo la que no se lee, por eso hay algunos poetas tan famosos y homenajeados. Como bien dice Christian Prigent, casi siempre gusta mucho la poesía que no se lee. Por eso el gusto por la poesía es inmenso. Y, por ello mismo, cada día está más ritualizada. Estas mismas palabras, este evento, no son sino uno más de los rituales catastróficos. Salvemos a la poesía, nos dicen los amantes de las causas perdidas. Y lanzamos un día internacional de la poesía, para que todos estemos tranquilos ante la catástrofe. Por desgracia o por venura este día no servirá para evitar la desaparición de la poesía, pues la poesía ya desapareció, pues no es más que desaparición, por volver a citar a Prigent. Desaparición de sentido, creación de uno nuevo.

He aquí la razón única de editar poesía: crear otro sentido. Mejor, la razón única de escribirla y leerla. Porque si para algo sirve el oficio de editor es para contribuir, aun cuando sea mínimamente, a esa gran conversación que es la cultura, y hacerlo ofreciendo sentidos, o sin-sentidos, o in-significancias. Y por ello no dejo de pensar en la pregunta inicial. Porque la pregunta, al final de cuentas, no es la correcta ni la importante. Hemos de preguntarnos, y tratar de responder en verdad a la interrogante más definitiva, no ¿para qué editar poesía?, sino algo más directo y urgente: ¿para qué la poesía? Y editarla es, al menos, tratar de poner sobre la mesa esa pregunta y esperar muchas y múltiples respuestas.

Texto leído hace algunos varios años en el día internacional de la poesía en la ciudad de México.

jueves, febrero 09, 2006

El arte de vender versos

A los poetas y a sus editores, no en ese orden, se les señala su pobre penetración de mercado y la insuficiencia notoria de sus afanes comerciales. En la época del comercio, pareciera crimen hacer cualquier cosa sin el imperioso afán de ganar dinero. La hipótesis común es que la poesía no se vende, que no hay posible actividad comercial con ella, que el comercio con las palabras no sólo es imposible sino destinado al más rotundo fracaso. El dinero es sordo y ciego. Y las palabras, en estas épocas, no seducen ya ni a los menesterosos. Si esto es cierto, entonces, la poesía no tiene futuro comercial. Datos y hechos lo confirman. No hay ninguna mafia internacional dedicada a piratearla; somos los únicos editores que no nos quejamos de la fotocopia, sea legal o ilegal; las agencias no pelean cambios de editores; los nobeles poetas no garantizan ningún éxito comercial; los riesgos de los libros, según las aseguradoras, son las inundaciones y los terremotos; los incendios por descuido son raros; pero la prima por robo es prácticamente inexistente. En una ciudad como la de México, con fama delictiva, no conocemos a nadie que dé noticia de un robo en una bodega de libros de poesía. Se paga más por las computadoras, ordenadores, que por los libros. No hay, pues, venta posible para la poesía.
Pero eso es falso. La poesía no se vende como libro en la misma y exacta proporción que otros. Eso es cierto y evidente, y ante la fuerza de las novedades y los títulos de amplio desplazamiento, la poesía pierde cada vez más centímetros de estantería y olvidada ha quedado en las mesas de novedades. Es falso también que no tenga venta como proyecto institucional. Se conocen fundaciones, gobiernos municipales, locales o federales que tienen programas de apoyo a traducciones y a ediciones de todo tipo. Y precisamente por la evidente imposibilidad comercial de la poesía parece justo y necesario apoyar su edición, pues nadie la compra para leerla. Así, es posible obtener apoyos para editar libros de poesía y la edición pública gasta dinero público para editar libros de poesía. Pero ese apoyo genera inercias. Editamos entonces lo vendible como proyecto, sin importar el destino de esos libros. Pero publicar es hacer público, lo demás es imprimir libros. Y hacer público un libro de poesía significa intentar llevarlo a sus posibles lectores. Éste es el arte imposible de vender versos.
De las diversas obligaciones del editor, la de calcular los posibles compradores es la más difícil. ¿Cuántos libros podrán venderse? Y tenemos en ese cálculo evidencia de otro de nuestros problemas. En la era del linotipo la segunda edición implicaba hacer negativos, por ello era lógico hacer 2000 o 3000 ejemplares aunque se tardaran más de veinte años en venderse. Actualmente, dada la nueva velocidad de venta, la rotación negativa de inventarios, como ideal regulativo de tiendas, nadie puede no digamos aguantar 20 años, ni siquiera tres. Pero el problema es que editar cada día es más barato y más fácil, por ello la tentación de editar de más es común y perniciosa. Libros hay, confesémoslo, que no podrán vender en 5 años más de 200 ejemplares. ¿Qué necesidad hay de imprimir más? El ideal del editor ha de ser imprimir lo que puede venderse, con la ilusión, falsa desde luego, que la venta representa la lectura. Nunca ha sido rentable editar nuevos autores, tal vez nunca lo será. Por ello hay que editar pocos ejemplares. La venta de poesía requiere tratamientos homeopáticos, infinitesimales. Hace años don Joaquín Díez Canedo apoyaba a los jóvenes editores de la revista El Zaguán. Un buen día le pidieron al maestro que su editorial Joaquín Mortiz distribuyera la revista, pues imaginaban que la distribución, y por ello las ventas, alcanzarían niveles envidiables. Preguntó entonces Díez Canedo: ¿cuántos ejemplares venden? Y a la respuesta fue 300 revistas, con una sonrisa preocupada les pidió a su vez: ¿Podrían venderme ustedes mis ediciones de poesía? Yo no vendo ni 100 ejemplares.
Hay librerías que sostienen secciones de poesía, curiosamente cada día más difíciles de llenar. No hay distribuidora de mediano tamaño dispuesta a tomar títulos de poesía bajo su cuidadoso descuido. La estructura misma de la venta de poesía habla de la salud cultural de un país. La red y complicidad de editores, distribuidores y librerías es el sistema nervioso, la nervadura, de la cultura de un país, la parte sustantiva pero no visible de la reflexión y el diálogo que es cada cultura. Y en su diversidad y fortaleza radica la diversidad y fortaleza de una cultura. La poesía es, ante todo, gozo y enjuiciamiento del lenguaje y la decadencia es, ante todo, desgaste y aburrimiento del lenguaje. El lenguaje aletargado de la política, de la economía, del comercio. Quien comercia con palabras termina por venderlas y empobrecerlas, pero para ello comerciamos con nuevas palabras. Y si nos asomamos a ver la cantidad de poesía puesta a disposición de los lectores en las bibliotecas y librerías, atestiguaremos las sutilezas de esa cultura. El número de traducciones, los clásicos imprescindibles, las apuestas nuevas, hablan de la exquisitez de la cultura.
En México los libreros le llaman clavo a esos libros que no se venden de ninguna manera. Pareciera pues que publicamos puros clavos. A veces en las librerías vemos ese libro que nos compraron y lleva ya algunos años sin venderse. Lo único que nos detiene a comprarlo y resarcir al librero es que seguramente pedirá una reposición y lo tiene etiquetado al precio antiguo. Claro, en los casos honorables de esos libreros preocupados por sus lectores.
Y esa preocupación mejora la cultura. Pues hemos condenado a la cultura a ser subterránea. Vivimos al inicio de una época donde la cultura es, por necesidad, subcultura. Leer, reflexionar, gozar con las palabras es una asunto subterráneo, propio de minorías. Fundamental intentar buscar caminos alternativos y novedosos.
Dana Giogia publicó hace algunos años una crítica pertinente al sistema de apoyos a la poesía norteamericana, culpándolo de la mediocridad imperante. A fines del año anterior se hizo cargo del Fondo Nacional para las Artes, culpable y cabeza del sistema que criticaba. Al volverse juez, imaginamos que aspira a mejorar la calidad, pero sabemos que fracasará.
La preocupación, más allá de las anécdotas y dificultades propias de intentar vender poesía, es que el futuro mismo de la poesía y, el futuro mismo de la cultura, está en buscar alternativas que sostengan la diversidad. De seguir su cursos las tendencias de fusiones y adquisiciones, nos vemos condenados a escuchar la misma música, a ver las misma películas, a ver los mismos programas de televisión y a tener las mismas opiniones sobre exactamente los mismos problemas. Terminaremos por hablar el mismo idioma y llegaremos, horror imposible, a reírnos de los mismos chistes y bromas. Hace poco por azar y curiosidad sintonizamos en internet una estación italiana para descubrir, con horror, que programaban lo mismo que en México. Los viajes, ahora, no ilustrarán sino desorientarán.
Y apostar por la diversidad es apostar por la vida de las editoriales independientes. Lejos estamos de la época donde editar era asunto de caballeros y damas ocupados en darle voz y vida a las expresiones más diversas. Las fusiones son cada día más preocupantes, pues dejan sin alternativas. Nuestros sellos pueden estar tranquilos, de cierto no por un compromiso férreo en mantenernos independientes, sino porque no hay posibilidad alguna que alguien tenga intención de comprar un sello de poesía. Y de ese desinterés hay que obtener fortaleza. Virtud del mercado mexicano es que los editores pequeños podemos pelear la mesa de novedades y acaparar mucho de las secciones especiales, siempre y cuando dispongamos de una estrategia de venta.
Regresamos al punto de partida. La poesía no tiene demasiado mercado, si podemos decirlo de ese modo, pero hay que crearle mercados posibles. Ceñir la cantidad de ejemplares a lo real e intentar hacer rentable esa edición. Utilizar pues los apoyos como fortaleza y no como alternativa de manutención.
Pero hay otro problema no menos preocupante. Ahora, en nuestras tierras, ser poeta es una profesión respetable. Tan respetable que muchos son quienes se cuidan del estro e intentan nunca ceder a sus urgencias. Hay también apoyos, becas, residencias, intercambios, encuentros, lecturas, memorias y tertulias financiadas por gobiernos estatales, municipales, federales, nacionales y mundiales. Y llegamos a las urgencias editoriales. Se edita más de lo que se escribe, y entonces se publica un primer libro y a éste se le añaden algunos otros poemas y tenemos uno nuevo, y aparece otro y otro más que reúne los dos anteriores, y un tercero, nuevo, que es el quinto ya y se está listo para solicitar la beca para escribir un sexto y hasta un noveno y recopilar todos en las primeras obras reunidas para después publicar una antología de todo ello y una antología para jóvenes de lo mismo y una reunión de lo mejor en otro lado. Pero, si nos permiten la obviedad, la culpa de que se editen malos libros de poesía es de los editores de poesía. Y regresamos al asunto de los subastadores. Asoma entonces la terrible pregunta. ¿Para qué tanta poesía? ¿En verdad hemos vivido una multiplicación tan escandalosa de la buena poesía? ¿La humanidad ha alcanzado su etapa superior donde todos los poetas son excelsos? Lo dudamos. ¿Cómo llegó a sobrar tanta poesía? ¿De dónde entonces la necesidad de editar tanta poesía? No es, pues, su alta rentabilidad, el problema era su casi imposibilidad de venta. ¿Para qué tantos y tantos libros de poemas?
Terminemos ensayando algunas respuestas. No es del todo inatendible la hipótesis de la profesión poética. Que si ser poeta es profesión, entonces hay regulaciones. Y todo poeta debe demostrar serlo por medio de sus libros. Entonces hay una presión cada vez mayor por publicar para obtener apoyos y por publicar para demostrar el buen uso del apoyo recibido. Pero no sólo es esa parte el problema. Hay premios, demasiados premios. Si pensamos que en México existen al menos entre 40 y 50 premios de poesía al año, eso nos da la horrenda cantidad de 500 premios en diez años. Y hay ya premios cuyo único monto es la publicación del libro. Entonces, pese al aumento de buenos poetas, no hay posibilidad alguna de tanta buena poesía. Debemos, pues, retraernos. Si hemos de intentar crear un sistema de distribución capaz de llegar a la mayor cantidad de lectores, hemos de hacer crítica de lo publicado. Falta, desde luego, ediciones de muchos poetas. En librerías no hay títulos que debieran ser de uso común. No hay buenas ediciones de buenos poetas. Faltan demasiados clásicos y, sobre todo, casi no hay libros didácticos sobre el tema. Al ver la necesidad de la poesía infantil los grandes grupos editoriales han apostado por llenar ese vacío para los mercados escolares. Más allá de distracciones, no hay propuesta de los editores independientes.
No editar lo que se vende sino vender lo que se edita y, para ello, ahora se inició una distribuidora. Las sendas que llevan del almacén al librero pasan por los melancólicos vendedores de poesía. La venta institucional no durará para siempre, hemos de lograr independencia antes de que nos convierta la realidad en quimera. Y la unión en diversos frentes y en diversos proyectos, la apuesta por intentar vivir con nuestros propios medios es más que urgente.
Curiosa conclusión a la que hemos llegado, aquello que nos reúne, el tamaño y la independencia, cuya cifra mayor es el insuficiente mercado, es sin duda, la cifra también de la solución. Hemos de conservar la independencia a fuerza de conseguir una cuota de mercado. De otra manera desaparecerá nuestra independencia y, con ella, la razón misma de nuestros afanes: la edición de poesía.

miércoles, febrero 08, 2006

El Coco de todos olvidado

Recordé, de pronto, el cuento de Dino Buzzati sobre el Coco, lo que me hizo recordar al otrora tan temible personaje. ¿Y dónde mora ahora el Coco? ¿Se habrá jubilado? ¿Habrá muerto? ¿Tendrá franquicias? ¿Alguien sabe algo sobre el Coco? ¿Alguien sabe algo sobre Buzzati y el Coco? Mi dios, ¿Dino Buzzati era el Coco?

Erratas momentáneas

Los copistas, a diferencia de los tipógrafos, incurrían en errores, por cansancio, por ignorancia o, incluso, por mala fe. Si de la mesa a la boca se cae la sopa, de la lectura a la copia se olvida la palabra y se pone una por otra. No tengo a la mano ahora el libro de quien, con base en ese hecho sencillo, intentó refutar la teoría de los lapsus de Freud. Claro, a diferencia de los tipógrrafos, no por otra razón que se cuidaban esos errores, quizás cometidos por las mismas razones, pero que podían remediarse en primeras, segundas o enésimas lecturas de las famosas pruebas de imprenta. De ahí el horror y molestia ante las erratas, pues todo libro, todo buen libro, presupone un equipo. Ahora, con las bitácoras o blogs y las ediciones digitales, el asunto se torna más complicado y más, mucho más, sencillo. Complicado porque nunca se termina de saber cuándo acaba una edición. En cualquier momento se puede cambiar o corregir cualquier detalle. Lo mismo pasaba con los libros copiados, que tenían un alto grado de confiabilidad, pero también un problema de legibilidad. Quizá la palbra que se lee sólo se lea en esa copia que descansa en nuestras manos. Hay discusiones sobre ciertas palabras en ciertos libros, producto de esas sutilezas. Con la imprenta el asunto cambió, y hasta las erratas se volvieron más confiables. Que incluso sirven para identificar ciertas ediciones. Ahora, si alguien lee esta bitácora el día de hoy y la vuelve a leer mañana, puede encontrar cambios, que regreso a los textos y encuentro errores de dedo y errores de cerebro, desde luego, e intento mejorarlos, o empeorarlos, según se vea. Pero entonces la errata se vuelve huidiza, volátil, en extremo momentánea, producto del azar feliz y el ojo interrogante. Quizá, entonces, no muera nunca el libro, pero de cierto, están muriendo las erratas. ¿Enhorabuena? ¿Enhoramala?

martes, febrero 07, 2006

El prójimo en dosis homeopáticas

No amo a mi prójimo, lamento decirlo. De hecho, lo soporto sólo en dosis homeopáticas y distantes, que las dosis cotidianas de prójimo me marean, me causan cierto estrabismo y termino por desear, infame de mí mismo, la aparición de un virus que, a la manera como sucede en la novela Un mundo vacío del autor británico John Christopher, me permita ser el único sobreviviente del planeta entero. No es que en específico no soporte a tal o cual prójimo o prójima, es sólo que el prójimo en su anónimo conjunto termina por empacharme, como cuando niño. Que comienzo a sentir una incomodidad total, que la vida muestra sus muchos parches, que la convivencia se torna extraña e impredecible, que el abominable hombre de las nieves (Quezada dixit) que pace en los prados de los camellones cercanos a las escuelas me comienza a parecer sospechoso de lesa humanidad al vender sus frías paletas, por decir lo menos. Que las cajeras del supermercado, con su vocación de busto de parque periférico, terminan por serme extrañas, que las pláticas de los trabajadores del volante, como los llama la prensa distraída, terminan por marearme con sus teorías peregrinas (¿sabe quién tiene la culpa del frío? No tengo idea, respondo, cercano al pánico pues veo venir, ay de mí, una teoría. Estados Unidos. Santa María de los vientos, exclamo para mis adentros. Cambio de taxi, pues voy lejos y prefiero omitir los detalles de tan meritoria meteorología.) Y el prójimo más próximo, el de los vecinos y vecinas, es mundo aparte. ¿Además de compartir, seguro por alguna equivocación cósmica o un complot norteamericano, el espacio físico de un edificio, qué nos iguala? No lo sé, pero los hay amistosos y perversos, sonrientes y distintos, y, los peores, metiches y molestos. A las once de la noche de un día cualquiera, aparece en la puerta de mi casa, que no es más que mía, aclaro a mi prójimo lector, que no suya, una vecina en pijama larga y espantapájara para preguntarme: ¿está usted martillando? Que me haya dado cuenta, no. Estaba leyendo, libro arduo, es verdad, pero aunque la marcha camellónica de mis neuronas me hace mucho ruido en mi cabeza, no imagino, vecina, que pudiera llegar a escucharse a la distancia y en forma de martillazos. ¿Eran rítmicos o aleatorios?, le pregunto. Ante su sorpresa, onomatepeyo. Toc, Toc, Toc, Toc, o más bien Toc, Tuc, Tuc, Toc, Tuc, Toc, etc. Pues martillazos, me dice categórica. Pues no, en verdad no martillaba. A esta hora nunca he martillado en mi vida y no veo razón para comenzar ahora. Es que no me dejan dormir. ¿Los martillazos? Sí. ¿Otro ruido sí la deja? No. Entonces es el ruido de los martillazos, no propiamente los martillazos. ¿Martilla usted o no? Sí, claro que martillo, sé martillar, me gusta martillar. ¿Y martillaba? No, ya se lo dije. ¿Entonces quién martilla? No tengo no la más pálida idea, vecina. Quizá otro vecino, aventuro.
Otro día, infausto, tocan a mi puerta a las nueve exactas de la noche. Buenas noches vecino, me dice una sonrisa enorme de dientes caramelos. Tenemos junta. ¿Junta? De condóminos. No soy condómino, le digo. Le rento a la condómina. Pero igual puede venir a la junta. Le agradezco, vecina, pero no tengo voz, ni voto, ni opinión, que si deciden poner en la entrada una réplica exacta de las rejas de Chapultepec a mí me da igual, pues no pondré dinero alguno y si me parece un adefesio lo más que haré es rentar en otra parte. Pero vamos a partir la rosca. ¿De quién, le digo? De Reyes. ¿Alfonso? No, vecino, de Gaspar, Melchor y Baltasar. No puedo comer rosca. ¿Por qué?, me pregunta con ojos hororrizados. Motivos médicos, le digo. Eso sí, la misma vecina amartillada, a los pocos días de nuestro desencuentro, al verme venir cargado de bolsas, me saluda atenta pero cierra la puerta de entrada el edificio. Gracias, le digo a mi vecina, deseándole ...
¿Y el prójimo médico de los remedios? Hace tiempo un médico después de sacarme muestras de saliva, sangre, meados, mierdas, suspiros y ventosidades terminó por darme su diagnóstico terrible: tiene usted alergia. Doctor mío, le digo, ¿se dedicó usted seis años a la carrera, tres a su residencia y otros tres a su especialización, para decirme lo que sabe cualquier hijo de vecino con sólo verme la pierna? Eso se lo dije yo mismo en el momento primero, lejano y placentero, cuando no lo conocía en persona y le dije por teléfono mi problema. Tengo una alergia, es cierto, ¿por qué? No tengo idea, lo mando con un dermatólogo, ay, prójimo descendiente de las doctas ignorancias.
Hace poco, en una parada de autobús, llegó un hombre mayor, canoso, obeso, sonriente y oloroso a los muchos días de intemperie. Buscó el monto exacto para su camión y, de pronto, con una sonrisa enorme, se dirige a mí y me dice ostensivamente: mira, mi bastón. Ha sido el comentario más cálido hecho por prójimo mío en los últimos tiempos. O el niño comino y vecino que, al verme en la escalera y aquilatar mi humanidad barbada me dice, serio como sólo son serios los niños: barba.
Pero no es sólo confesión de mi cierta comezón. De mi rasquiña. Que el prójimo cercano, ese que a diario vemos en nuestros deambulares, no deja nunca de sorprendernos. Cuando se estudia la fuerza del tercer Reich, su amplia influencia, su destructora delación, su clara aceptación activa, descubrimos, horrorizados, que el prójimo, ese que de pronto y de vez en vez vemos al bajar una escalera de donde habitamos, ese prójimo silente y meticuloso, ese mismo prójimo al que de vez y en vez saludamos, fue quien delató a los extraños, a los diferentes, a los delatables. Y al paso de los años, ese prójimo es el mismo que teme la llegada de tantos extranjeros, de tantos extraños. ¿Qué precisaría mi vecina de pijamas espantapájaras para decir que mis costumbres son extrañas, que realizo actos extravagantes y que más valdría tenerme a buen resguardo? Un poco de confianza. Sólo eso. Sentir la fuerza de alguien, un punto de apoyo, un respaldo. Que el germen está dado, que nos tenemos la más pura desconfianza y hemos llegado ya a sentirnos derrotados. Que la ira cotidiana nos embarga y terminamos por reclamar lo irreclamable, que ceder a la idea de orden no es tan lejano ya para poder cobrar ciertas e inciertas fechorías. Que el prójimo cede a la estupidez con cierta valentía: la del prejuicio. Plegue a los dioses otro sea nuestro destino.

lunes, febrero 06, 2006

Gordo confeso

De todas las metáforas de nuestra época, la del cuerpo es la más extraña. No existe, como sucede en casi todas las tradiciones, un mapa detallado de los lugares y fronteras donde, en el cuerpo, se desarrollan las batallas ciertas y certeras de las emociones y los devenires de nuestra existencia. El cuerpo metafórico de nuestra época es aterrador, si se le mira bien: rostro anguloso y simétrico, ojos y pelo claros, narices afiladas, bocas carnosas, cejas semipobladas, vientre liso, senos y nalgas prominentes en hombres y mujeres. Quizá de esa visibilidad total y edulcorada provenga la manía de tatuarlo y perforarlo, para darle color y volumen por medios externos.
Tampoco poseemos una opinión desarrollada de los lugares donde las sensaciones, los sentimientos y los pensamientos moran en su corpórea existencia, manifestación o cubierta. Nos ha tocado vivir en una época de cuerpos superficiales y terrenos. La piel, esa superficie profunda de nosotros y los otros, es una apariencia. Preferimos los emplastes, los correctores, vamos, cualquier cosa que la oculte y permita verla de otra manera. Y ya no sólo lo que el mismo cuerpo es, sino lo que puede ser. Nos prometen quitar arrugas, agrandar senos, redondear nalgas, aplanar abdómenes, eliminar lastres, desaparecer venas hórridas de piernas o dolorosas del ano, aclarar pieles, borrar ojeras, embellecer patas, perder peso, por cuyo medio lograremos aumentar la autoestima, henchir la autofelicidad, vernos autodelgados y, esperamos, evitar autosuicidarnos. Y, mansos y coloridos, creemos en cualquier otro remedio que no sea el canónico, científico o tradicional. Y hay quienes incluso permiten inyecciones de aceite de dudosa procedencia, en nalgas, piernas o senos, para ser más bella o bello. Porque la felicidad, el gozo, consiste para estas almas simples, en parecer bello, no en sentirse bello o gozar su cuerpo, sino en ser objeto de envidia, cuchicheo y comentario de los demás. Pero nada como las promesas de eliminar la grasa cotidiana de tantos gordos y gordas anónimos. Coma todo lo que quiera y baje de peso. Con todo, la gordura, paradoja curiosa, es algo oculto, soterrado. He decidido por ello ser un gordo confeso, gordo a cuya gordura no hay que llegar por medio de interpretaciones psicoanalíticas y las libidos sublimadas, las interpretaciones new age del abrazo continuo y sosegado, las arquetípicas del vientre materno, las conductuales cognitivas del cerco de Numancia, las conductistas de las madres alimentadoras, las peregrinas de la envidia materna, las neurofisiológicas de los desajustes de la norepinefrina y la serotonina, y las sabias, vanas y dolientes que faltan. Gordo confeso y simple, en cuya gordura no hay más que alimentos terrestres paladeados y degustados en demasía, en cuya demasía misma habita y por cuyo camino se llega al palacio de la sabiduría. Gordo confeso, puedo dejar de ocultar mi gordura a los ojos inquisitivos de los otros todos y de mi propio espejo. Porque nuestra época resiste poco a quienes no cargan con su gordura alguna culpa y muestran y pasean su exceso a los ojos sorprendidos de la gente.
El despierto, el iluminado, quien alcanzó a develar ciertos secretos, posee varias imágenes meritorias, no la menos, donde se muestra feliz, gordo, ombligudo y sonriente, pues, a veces es bueno recordarlo, el Buda fue un gordo confeso.

viernes, febrero 03, 2006

Cambiar de aires

Viajar es mudar de aires, cambiar el escenario en donde cotidianos habitamos nuestras costumbres y llamamos a las cosas por sus nombres. Viajar, por ello, se parece mucho al ensueño. Nunca he sido de los viajantes para quien la travesía es el fin mayor de partir a cualquier parte. Todo lo contrario, viajar para mí es ubicarme en otro escenario en donde pueda, a su cobijo, comenzar a ser otro de quien soy. No tanto de manera iniciática, aunque algo hay de ello en mis viajes, cuanto de forma, digamos, gradual. Si somos lo que hacemos, hacer un viaje nos convierte en otros. Y recuerdo más, por ejemplo, el rumor pueblerino de las noches de ciertas ciudades, o las escaleras de pronto encontradas al subir hacia ninguna parte en otro lugar de grata memoria, o la ventana de un modestísimo cuarto de hotel, en cuyo chaflán mínimo encontré, a pie juntillas de su alfeizar nunca tan árabe, hace muchos años, razones varias para mi persona. Y más lo recuerdo, decía, que las atracciones mayores o los lugares rituales de visita. Y a veces me son mejores los recuerdos de las sombras o de las piedras hermosas de otros más. Y nada como el río rumoroso de aquella ciudad tantas veces entrevistas pero nunca caminada, como en ese momento a la vera de su río hórrido y putrefacto, pero dichoso y evocador como pocos, más si de frente me dejaba ver, plantada, la torre por mí siempre entrevistas en sueños y algunas vigilias. Y visitar algunos cuadros en cuyas proporciones desproporcionadas, pues siempre resultan mucho más pequeños o mucho mayores de lo que imaginamos, descubrimos el sentido de no sé cuántas cosas. Y hay viajes, para mí, que han sido un cuadro, o una baranda, o un mínimo árbol. Anhelo, ahora, un plinto desnudo y vacío, cuya existencia solitaria ha sido violentada y, algunas veces, festejada con donaire. Pero no tengo prisa todavía.
Viajo, pues, para estar en el lugar al que voy y no creo, por ello, en las lejanías o cercanías, creo en el ritual del viaje. En mudarse para encontrarse otro en quien es uno siempre uno.
Apenas hace unos meses, al caer en cuenta de que no había tenido tiempo de irme a descansar, de tomarme un par de días para no hacer nada y reencontrarme de nuevo en el cauce de lo que hago, pues todo volvía a la normalidad una tanto vacua y pedagógica y no había modo de viajar con quien, queridísimo, reiniciaba sus donaires educados, decidimos, mutuos, ensayar una variante. Pasar nuestras vacaciones en nuestra ciudad misma, y partir al Zócalo con la intención de no hacer nada en su veranda. Lo curioso de tal viaje, dada su inmensa cercanía, fue encontrarnos uno con el otro en una situación dichosa y novedosa, juntos por el mor de estarnos juntos, disfrutándonos haciendo nada para seguir sin plan fijo, haciendo nada. Y fue un viaje único y memorable, por su cercanía clara y su compañía dichosa, pues de cierto viajar es también, y a veces, viajar con alguien.
Las anécdotas, desde luego, dan color no tanto al viaje como a su relato. Baste decir en este caso, que a falta de previsión no encontramos habitación en ningún hotel del Zócalo y los aires aventureros nos llevaron a otros lados, donde recorrimos otra parte de la ciudad con la mirada curiosa y atenta de quien pisa esas calles por vez primera, pese a circular por ellas en más de una ocasión. Pues viajar es, cuánto se nos olvida, asombrase.

jueves, febrero 02, 2006

Miedo a volar

De las formas de censura, la vulgarización es la más feroz y certera. Transformar lo distinto en trivial, lo nuevo en antiguo, lo liberador en una glosa idiota, lo auténtico en mala copia permite poner un velo sobre aquello que no es bueno ver. Convertir Miedo a volar en una clásico del erotismo, en un libro sobre las fantasías sexuales de las mujeres, en un libro caliente, lo ha vuelto invisible, presa de la deslectura, obra cómoda para la desmemoria. Pero nada más falso. Miedo a volar es, no debería caber duda, una obra importante de la narrativa del siglo anterior. Ensayaré las razones de su importancia.

1. La novela nos cuenta las dudas y problemas en el descubrimiento de la sexualidad de las mujeres de esa generación, las nacidas en los cuarenta, las protagonistas de los sesenta. Y al llegar al tema de los orgasmos hace un descubrimiento aleccionador. De pronto, se percata de que no logra sentir aquello que la literatura describe como el momento mayor, la cima de placer, el orgasmo mayor de la mujeres. Descubre, para sorpresa de todos, que esos orgasmos no fueron sentidos nunca por mujer alguna, que en El amante de Lady Chaterly, a guisa de ejemplo, no se venía Emma, sino Lawrence disfrazado de Emma. Que el buen D.H. Lawrence no describía, imaginaba, no imaginaba, legislaba el orgasmo femenino sin haber nunca tenido ocasión alguna de experimentarlo, pues se venía como lo que era, un hombre. Y describía lo que imaginaba o pensaba que era o debía ser el orgasmo femenino. Así pues, Isadora y Erica deciden venirse a su real placer y entender y describirlo como se les da la gana. Y lo hacen no para tratar de calentar a nadie, tan sólo por el disfrute de hacerlo, por la necesidad de hacerlo. Lo hacen porque escriben. Y escriben de sus orgasmos como ellas experimentan o no experimentan sus orgasmos. Y escriben sobre lo que les gusta o no.

2. Cuando Virginia Woolf pidió una habitación propia la elección de actividades para las mujeres eran del todo antinaturales. Cuando Erica e Isadora deciden dedicarse a ser quienes son, el mundo cambia. Isadora busca volverse escritora y lo busca de la manera más natural posible: se pone a escribir. No es, pues, el deseo de lograr hacerlo, intenta y logra volverse escritora. Pero no cuenta toda la verdad, pues nada como eso existe en una novela, la novela es una mentira, pues es ficción y, en tanto ficción, debe decir otras cosas, no la verdad simple y llana. Y, en ese instante, nace la escritora, cuando se da cuenta de que tiene algo que contar (que es su vida, su vida hecha ficción, no su vida trivializada), que sabe contarlo (y descubre el humor, la ironía y la burla, para su bien y el nuestro) y le interesa hacerlo, pues en ello, de hecho, le va la vida.

3. Isadora, casada en segundas nupcias con su séptimo psicoanalista, lo deja en un congreso de su especialidad y sale a un viaje sin plan premeditado, según cree ella, junto con Adrián Buenamor, psicoanalista impotente y redomado cabrón. El gran cambio es que Erica Jong nunca cede a la tentación de hacerle daño a su personaje. Nada de abortos, ni muertes ni tragedias. Que una mujer decida coger con quien le place, deje a su marido y elija al más cabrón de todos no le causa daño alguno, al contrario, la libera. Así pues, no paga la infidelidad ni termina destrozada. Termina metida en la tina, dando vueltas a la posibilidad de divorciarse de su esposo, quien la espera como todo buen caballero psicoanalista.

4. Cuando se enamora de Adrian Buenamor lo hace enloquecida, dejándose ir, a sabiendas de que no le importa si lo que hace está bien o mal, lo hace porque quiere hacerlo, pero lo hace porque siente un deseo enorme por Buenamor. Y ejerce sus poderes de seducción y deja que él ejerza los suyos. Y se burla de él y termina enamorándose de él. Y cuando se da cuenta de que su verda permanecerá flácida por mucho tiempo pues no tiene la fuerza ni la entereza para satisfacerla se enamora de él más cuando le dice: "Cuando escribas de mí no sabrás si soy un santo o un cabrón, no podrás ponerme etiquetas, no sabrás si soy un héroe o un antihéroe. Su verga flácida logró penetrarme mucho más profundo de lo que nadie nunca había hecho, entró en mí".

5. La fantasía de la cogida sin cierre, descremallerada, deszipperada, ha cifrado la fantasía del libro. Las mujeres, dicen Isadora y Erica tenemos deseos también de cuerpos sin compromiso, pero sabemos que no son importantes, que son fantasías y nos gusta tenerlas. El sexo no es el problema, no es un problema, el problema radica y se encuentra en otras partes y hemos de poder disfrutar del sexo como mejor nos convenga. En estos días del sida parece que hemos perdido esa noción fundamental, la solución no es negar la sexualidad, sino aceptarla y tomar las precauciones adecuadas. La revolución sexual fue profundamente superficial, y en su superficialidad no logró resolver ninguno de los problemas que intentaba solucionar.

6. Cuando se une sexo e inteligencia los bienpensantes parecen no aceptarlo muy bien. Si se añade humor, el desastre puede estar cerca. No es posible que una mujer inteligente, culta, buena escritora sea tan caliente, pues sólo alguien muy caliente se interesa por contar sus aventuras, reales o no. El sexo se empeña, pese a los bienpensantes, en llenar cada rincón de la vida, en estar presente en sus ausencias y en definir y definirse a partir de todas sus aventuras, fantasías, prácticas, deseos, carencias... Si ejerce su sexualidad y es lo único que le interesa parece que es comprensible, si se dedica a ejercer su inteligencia y no a tener una vida sexual, es comprensible, pero que quiera ejercer ambas pone nerviosos a todos. Recordemos que la novela se publicó hace treinta años...

7. Mofarse y retratar exactos a los hombres no es el menor mérito de la novela. El director de orquesta que esperaba que su madre todavía le limpiara el culo y dejaba unas manchas esparcidas por la cama, el buen doctor buenamor cuya impotencia explicaba porque no le apetecía nunca coger, su esposo loco que se creía el nuevo redentor e intentaba caminar por las aguas de nuevo, su esposo tan controlado y distante, que no tenía el menor respeto por las fantasías, pues eran sólo fantasías.

8. Erica Jong intentó retratar el pensamiento de la mujer de su momento. La obligación del escritor es decir la verdad, y trató de plasmar la verdad de las mujeres, su verdadero pensamiento, como lo habían hecho Phillipe Roth y John Updike con los hombres. La importancia de la obra está dicha en este punto. Erica Jong creó un personaje memorable de la literatura vigesímica, mujer pensante y sintiente, amante y amadora, culta y escritora. Casi nadie se lo ha perdonado.

9. Traducida a 27 idiomas, ha vendido más de 12 millones de ejemplares. Erica Jong lo explica magistralmente: "El libro se convirtió en un éxito por razones extraliterarias. Una desconocida salida de quién sabe dónde habla de sexo y, además, es rubia..." Su apuesta fue clara y sigue siéndolo "la vagina no es un obstáculo para la literatura".

10. "Los escritores son las únicas personas sobre la tierra cuyo trabajo principal es contar la verdad. Escribir es un llamado, no una profesión y todo lo que lo vuelva comercial debe anularse".

11. Que Miedo a volar vuelva a circular, siquiera porque se cumplieron 30 años de su primera publicación es motivo de alegría y festejo. Si se le leyere sería uno de los mejores elogios para la obra.

Soneto a la errata de Alfonso Sastre

Alfonso Sastre

Escritores dolientes, padecemos
esta grave epidemia de la errata.
La que no nos malhiere es que nos mata
y a veces lo que vemos no creemos.

Tontos del culo todos parecemos
ante el culto lector que nos maldice:
"Este escritor no sabe lo que dice",
y nos trata de gilis o de memos.

Los reyes de Rubén se hicieron rayos.
Subrayé, más no vino la cursiva.
Donde pido mejores van mujeres.

Padecemos, leyéndonos, desmayos.
El alma queda muerta, más que viva
pues de erratas te matan o te mueres.

Estrambote:
Con sólo cinco erratas y un desliz
en mi soneto, sería yo feliz.

miércoles, febrero 01, 2006

De cómo los poemas pésimos son, pese a todo, poemas

La libertad de expresión debe ser universal para existir. No acepta asegunes ni alomejores ni quizáses, debe ser total. Bien es cierto que el poema de Witz, La patria entre mierda, es pésimo. Pero es un poema. Y como todo poema debe evaluarse estéticamente, no penalmente, ni siquiera, legalmente. Mi argumento es sencillo:

Un poema pésimo es un poema.
Cualquiera puede escribir poemas [pésimos].
Cualquiera puede publicar poemas [pésimos].
Nadie puede ser juzgado por sus poemas [pésimos] penalmente.

No defiendo a Witz en lo absoluto, mucho menos defiendo a su pésimo poema, defiendo su derecho a escribir y publicar poemas pésimos y a que se valoren sus poemas y su acto de publicarlos a nivel estético, no a nivel legal.

Mal anda el país cuando el ministro de la suprema corte califica, precisamente, de pésimo poema a un pésimo poema desde un punto de vista estético para, sobre ese juicio estético, establecer un juicio moral que convierte en juicio legal para negarle el amparo. José Emilio Pacheco dice: No amo a mi patria. Cierto que legalmente no hay obligación de amar a la patria, al menos por ahora, pero alguien podría demandar a Pacheco por injuriar a la patria y, lo que me parece muy grave, el juez tendría que aceptar la demanda y resolver sobre la misma, pues la suprema corte negó el amparo de que la ley sobre los símbolos patrios es menos importante que la constitución, pues ciñó la libertad de expresión a los límites de no crearle problemas a nadie en su moral, buena fama, moral pública y símbolos patrios. Porque una de las mayores estrategias en México para restringir la libertad de expresión es acusar a los periodistas de Difamación y daño moral. Recordemos el caso de Lydia Cacho. Y la difamación en gran parte del país es un delito penal por el cual puede cualqueira ser encarcelado. Y la suprema corte dijo, al final de cuentas, que esas leyes menores tienen más peso que la propia constitución, que establece la libertad de expresión, que viene junta a la libertad de pensamiento, de creencia y de información.

Esa parte es la que me parece grave. La imaginación de Witz es elemental y por demás escatológica, vamos, propia de un niño pequeño que juega apenas con palabras y conceptos y repite caca entre carcajadas. Pero nadie puede juzgarlo en tribunales por ello. Puede, podemos, evaluarlo estéticamente, y decir que es pésimo y, junto a ello, decir que tiene todo el derecho de publicar sus poemas.

PD. Vamos, podríamos reclamarle a los demandantes de Witz daño moral, pues de no haberlo demandado no hubiéramos tenido necesidad alguna de leer a Witz...

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