miércoles, enero 18, 2006

Erratas eminentes

Equivocación material, arrebato del azar, constancia de la imperfección, loa divina, yerro inmarcesible, escarnio y mofa de editores, carne de tragedia, catástrofe, sonrisa, piojo, mancha, la errata cifra y descifra las virtudes y obsesiones de autores y editores. Curioso, ningún lector repara en ellas más allá de su plana y llana existencia. Nadie, hasta donde me es dado saber, dice: Excelente restaurante, pero tiene el menú plagado de erratas. Nadie, tampoco, excelente libro, pero demasiado graso el papel para mi gusto.
Las erratas desesperan, pero ante todo desesperan a quienes de escritores tienen el oficio de por medio. Sólo los profesionales parecen molestarse con las muchas o pocas erratas de una obra. Porque seamos francos, los lectores nunca leen las erratas, leen las obras, aquello por cuyo material están elaboradas y cinceladas. Quien de escribir conoce el oficio de las normas materiales, olvida la fuerza de las palabras. Escribir nunca ha sido escribir bien (tampoco escribir mal, debo añadir apresurado), escribir es decir, por cualquier método y medio necesarios, aquello dicho, bien o mal, con o sin corrección. Queda claro pues el fallo de las lantejas del Quijote, lentejas en verdad, aun cuando nadie haya querido todavía corregir la errata (por demás eminente). Pero las erratas son máquinas poéticas portentosas, dignas de algún programador ingenioso para construir un programa generador de erratas. Paso a relatar algunas de las mejores encontradas al desgaire en labores editoriales varias relatadas por amigos (y algunos enemigos) para divertimento general.
De las finanzas a la zoología fantástica, en cierto libro soporífero se leía de la existencia de cerditos hipotecarios en vez de créditos hipotecarios. Siempre he sentido un afecto malsano y solidario por esos cerditos hipotecarios, y por sus parientes los cerditos prendarios, los cerditos quirografarios y los cerditos a la palabra. Nunca, como entonces, la maquinaria feliz de las erratas creó tanta belleza con tan poco.
De las diversas y dolientes costumbres de nuestra especie, es digno de asombro, elogio y recomendación mentar las costumbres inveteradas, todos parecen entender y dar por sentado su importancia. Pero las costumbres invertebradas no queda claro cómo refieren a nuestras especie, o quizá es ironía sobre nuestra degradación cucarachesca.
El amor loco de Breton quizás haya tenido seguidores y al declarar el amor por muchos dicen estar enamorados locamente; cierto texto logró hacer decir a alguien: estoy enamorado localmente, amor lleno de geografías y fetichismos, glorioso y localizable.
Hay erratas, incluso, sin serlo en todo el sentido de la palabra. Si el palíndroma Oír a Darío lo revisa algún oligofrénico titulado, deja algo como Escuchar a Darío (oír a derachucse), lo cual me recuerda el genial de Camina la plantígrada por Anda la osa. Pero quiero referirme a uno mejor. Hace muchos años, más de veinte, iniciaban los programas de traducción mecánica. Entusiasmado y deseoso, comencé a jugar con uno de ellos y a tratar de verter frases simples del español al inglés y, luego, verter la frase obtenida en inglés al español de nuevo. Logré dos resultados asombrosos y nunca intenté de nuevo, no por razón distinta a mi carencia de computadora. Escribí para el primer intento: Prueba de control. Soso, tonto, simple. Cuando regresó al español después de pasar por las interpretaciones del programa no podría creerlo, el resultado fue: El gusto del mando. Santas traducciones, quizá haya exclamado. Probar, degustar, gustar, gusto. Control, supervisión, mando. De alguna manera esas familias semánticas, esos sentidos se revolvieron. Los caminos elegidos ciñeron el sentido y terminaron en eso. Pero nada me preparó para el siguiente resultado. Pensé en lo más simple de todo, en algo con nombre y sin dar lugar a ninguna anfibología, ni siquiera a la más tímida de las ambigüedades. Escribí, seguro y tranquilo, gato hidráulico. Pensé: algo así no debe crear el menor problema. Llegó al inglés y de inmediato regresó al español. Por desgracia he olvidado las frases inglesas intermedias, darían indicios de los malos entendidos del programa. El resultado fue prodigioso, nació la máquina poética perfecta. Imaginé una productora de versos y metáforas a destajo y al mayoreo. La máquina desplegó la frase contundente, el acierto mayor, el hallazgo fantástico:

Tigre de agua

sólo la sorpresa pudo evitar, supongo, ponerme de hinojos. Tigre de agua. Del León de sal su marina designación es bastante clara. Tigre de agua, ¿el tiburón? Quizá, desconozco el lenguaje de las máquinas para poder asegurarlo.
¿Cuántas erratas soporta un libro? No lo sé, ni me interesa saberlo. Los libros han de estar cuidados, ser dignos, bien hechos, de factura buena, pero ante todo los libros deber decir algo y decirlo con todos los medios disponibles. No creo en quienes para hablar sólo tienen oficio y nada por decir. Descreo de la adjetivación precisa y mojigata, correcta y dulce. Debe decírsele a las cosas por el nombre cierto del escritor. Y cualquier buen libro soporta no sólo las erratas, soporta incluso las malas ediciones, pues muchos libros del momento sólo tienen de recomendable sus buenas ediciones. Incluso los hay cuyo mérito total radica en su portada.
Ninguna errata ha puesto en riesgo el precario equilibrio del universo. Ninguna errata ha logrado terminar con la carrera de ninguno de los escritores aterrados por su existencia. Ninguna errata ha logrado empequeñecer a Cervantes, a Quevedo o a Shakespeare. Las erratas, pues, sirven de cedazo. Los malos libros no las soportan, las malas obras caen bajo su peso. Sería bueno recordarlo al tropezarnos con una errata invertebrada...

6 comentarios:

Hildrun dijo...

En mi vida había leído una crítica más inteligente y divertida sobre las erratas. Dígame, Alfredo, ¿qué espera para enviársela a Editorial Planeta?

"la máquina poética perfecta. Imaginé una productora de versos y metáforas a destajo y al mayoreo".

¿Me permite?
Ja, ja, ja, ja, ja, ja,ja......

Odd Librarian dijo...

¡Enormísmo cronopio! Confieso que yo he traducido sonetos de Byron con el traductor de Google buscando también la hazaña post-bretoniana de la escritura de verdad de verdad automática; creo que probaré tu método de ida y vuelta con Quevedo. Gracias. No son erratas, es verdad, pero a veces comparto con una amiga hallazgos orales como "cabeza de truco", "nadaban en la ambulancia", le tomaron por "chivo respiratorio", y otros. De nada.

Anónimo dijo...

Mira que es peligroso darme ideas. No he podido resistir la tentación, y he traducido de ida y vuelta al inglés ese soneto de Quevedo que empieza diciendo: "Cerrar podrá mis ojos la postrera..."
Me ha salido esta belleza:


"Siendo cerrado allí será capaz mis ojos la última sombra que me tomará el día blanco,y será capaz de inatadura de éste mi hora de alma a su (ella, su) (ella (ello), su (ella, su)) la adulación deseosa para el celo; las mamás no, de esotra están en dos sitios al mismo tiempo, en el banco(la orilla) (la orilla), ello (él (ello), ella (ello)) ello (él, ella) dejará la memoria donde este (él (ello), ella (esto)) se quemaba; para nadar mi llama puede el agua fría, y perder el respeto a la ley severa. El alma quien la prisión de Dios informa ha sido, venas que el humor a tanto (muchísimo) el fuego ha dado, tuétanos que allí el maravillosamente valiente uno es, Su (Ella, Su) (Ella (Ello), Su (Ella, Su)) el cuerpo ellos pararán, no su (ella, su) (ella (ello), su (ella, su)) el cuidado; ellos serán una ceniza, mas el sentido hará; el polvo ellos será, mas el polvo enamorado"

Alfredo Herrera Patiño dijo...

Yo he intentado algunas cosas, dada tu sugerencia, y me parece mejor intentar con idiomas lejanos, o con traductores a prueba, como mandar el texto al coreano o al chino y traerlo al español. He probado frases y casi son interesantes.

Por lo visto tendremos otra ocupación desde ahora...

agustín torres dijo...

Hoy, la perversa relación entre mi cerebro, dedos y teclado ha producido una errata eminente, escribí: Estamos a favor del recicaldo. Cuando lo leí, no pude evitar imaginarme en un restaurante de honestidad a toda prueba.

Maga Blanca dijo...

Qué poética mirada del error.
Fantástico texto: me erratié de risa...

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