lunes, febrero 05, 2007

¿Qué distribuidoras me recomienda para que los libros circulen en el DF y el resto del país, y cuál es el trato en este caso?

Sigo con las respuestas:

De recomendar, no recomiendo a nadie. Comencemos por los tratos y maltratos. Las librerías en este país han adoptado el modelo de precio y desprecio. Venden precio, desprecian el servicio. Las políticas gubernamentales de apoyo a las librerías son, también, de absoluto desprecio. Cuando María Rojo presidía la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, hace algunos abriles, me invitaron a participar en los foros de estudio sobre la ley de libro, la que ahora está vigente. Cuando pregunté a quiénes habían invitado de distribuidores y libreros, me dijeron que a nadie, pues no querían apoyar a quienes comerciaban con la cultura. Así nos ha ido, desde luego. Considerar que los distribuidores y libreros no son parte sustantiva de la cultura de una país hace que nos olvidemos de la nervadura, por decirlo así. Un país es culto (y por ello, habitable) en la medida en que tenga una nervadura cultural, lo que significa editoriales, museos, galerías, cafés, librerías, filatelistas, cederías, devederías, páginas que vendan todo lo anterior, grabados, serigrafías, pinturas, obra gráfica, fotografía, catálogos, timbres, libros, cedes, dvds, ex libris, postales... El precio es importante, desde luego, pero no lo es todo, como demuestran amazon, alibris, ebay o deviantart (todos puntocom). Intenta comprar la poesía completa de Mariano Brull o de Lezama Lima o un libro de logística en el ejército de Alejandro Magno. Debes irte a internet, porque no hay, en México, quien lo surta, ni en otros muchos países, pero existe internet. El problema, entonces, es que las condiciones de mercado, es decir, el entramado de leyes, reglamentos, apoyos y obstáculos junto con esas costumbres inveteradas de todos nosotros de ir o no a cierto lugares y ceder las más veces a la moda, además de nuestros billetes ganados o no con sudor o con denuesto, da igual, hacen que distribuir en México libros mexicanos sea muy poco rentable. La razón, simple. La librería te pide, al menos el 40% de descuento sobre el precio de venta, pero maneja el 50% en realidad para dar descuento al lector. Entonces ¿qué gana el distribuidor? Entre un 10 y un 15%. Así, el distribuidor pide entre el 60 y el 65% al editor, que debe conformarse entonces con el 40 o 35%. Si el libro cuesta el 20% y el autor recibe el 10%, el editor se queda con el 5% de una supuesta utilidad (si se venden todos los ejemplares en poco tiempo). Resultado: se inflan los precios para que ese porcentaje alcance. ¿Qué pasa con un libro de poesía? Que vende poco y lento. Digamos, de 200 ejemplares los más vendidos a 10 los menos vendidos. Así, no hay posibilidad de rentabilidad. Los editores usamericanos crearon SPD, Small Press Distribution, una asociación sin fines de lucro que busca distribuir los libros de editoriales pequeñas. En México dirían: ¿para qué subsidiar una distribuidora de libros que no se venden? Nadie entiende el problema de la disponibilidad, desde luego. Fíjate en El Acantilado, está rescatando de los antiguos catálogos de los grandes libros como El regreso de los dioses o autores como Buzzatti y Danilo Kis. ¿Por qué? Porque para los grandes no son rentables y para los pequeños sí. ¿Cómo? Expectativas de venta, desde luego: tiraje y nervadura. No es asunto de no editar lo que no ser vende sino de vender lo que sí editas. ¿A quiénes les interesa? Si es poesía, a pocos, pero lo importante es llegar a esos pocos. ¿Cómo? Por medio de una red, que en México no existe (ya platicaré más cuando hable de mis razones para no pertenecer a la Alianza). Dicho de otro modo, si los libros ocupan un lugar en el espacio, alguien debe cargarlos, asunto que muchos editores olvidan. Entonces, antes de preguntar quién llevará los libros a las librerías, es importante saber a quiénes quieres llegar para saber qué librerías frecuentan, así de sencillo. Volvemos al asunto del plan y volvemos al asunto de la identidad. Hace tiempo una editora montó en cólera cuando le dije que no tenía un problema de distribución sino de identidad, no sabía para quién editaba. Distribuí algunas revistas, por ejemplo, con un fracaso total. Me ofrecieron Replicante y me ofrecieron Literal. Rechacé ambas, desde luego, porque no era el distribuidor ideal para revistas. Recomendé, en ambos casos, algún distribuidor que manejará Sanborns, pues las revistas de mediano tiraje es donde se venden, así de sencillo, piensa en Algarabía, un fenómeno editorial bastante extraño. En resumen, el distribuidor te pedirá entre el 60 y el 65 de descuento sobre el precio de venta al público, es decir, te pagará entre 35 y 40% de ese precio por ejemplar vendido y todo lo que no se venda te lo devolverá, así de sencillo.

PD. Trompo a la uña, decíamos en mis tiempo: ¿qué debe hacer un distribuidor con un libro malo? ¿Mentir, guardarlo? Intentaré responder después...

1 comentario:

Christian Ordóñez Bueno dijo...

La pregunta, entonces, sería ¿qué condiciones ponen las librerías para vender los libros de una editorial independiente?

(Y aquí volvemos a la AEMI: las librerías del FCE tienen un espacio destinado a la venta de algunos títulos de algunos de sus asociados, entre los que destaca ediciones Sin Nombre)

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